Pasaron seis meses.
Nunca más olvidé tomar mi medicación.
Mi casa siempre estuvo limpia y organizada.
Todas las noches, alguien se aseguraba de que estuviera a salvo.
Y lo que es más importante, volví a tener un propósito.
Tenía conversaciones, responsabilidades y personas que contaban conmigo.
Ya no me sentía como una carga.
Sentí que pertenecía a ese lugar.
No se trataba solo de ahorrar dinero.
Sí, gasto mucho menos de lo que gastaría en una residencia de ancianos.
Pero esa no es la mejor parte.
Lo mejor es poder quedarme en mi propia casa.
Durmiendo en mi propia cama.
Rodeada de mis recuerdos, mis fotos, mi vida.
Y seguir sintiéndome útil.
Porque sentirse útil mantiene a una persona viva mucho más que cualquier otra cosa que la comodidad pueda lograr.
Cómo puedes hacerlo tú también
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Si usted o alguien a quien ama se encuentra en una situación similar, pruebe esto:
Sé sincero sobre lo que ya no puedes hacer solo.
Medicamentos, limpieza, compras, seguridad, transporte, cocina, papeleo.
Enumera lo que aún puedes ofrecer.
Escuchar, cocinar, cuidar niños, regar plantas, recibir paquetes, hacer compañía, realizar reparaciones, enseñar.
Mira a tu alrededor